la llorona

La nueva película del universo cinematográfico The Conjuring se mueve entre lo eficaz y lo perezoso, entre el hallazgo y la promesa, entre lo reconfortante y lo frustrante. Dicho sin circunloquios: La Llorona está bien, pero ojalá estuviera mejor.

No se trata de pedir que las películas sean como queremos que sean, pero sí de desear que exploten su potencial. Y esta, ya de origen, tenía al menos un par de cosas a favor. Una, una historia aterradora. La película de Michael Chaves revisa la leyenda mexicana de La Llorona, relato –otras veces llevado al cine– con una brutal potencia visual y abrumador en su doble dimensión, la terrorífica y la dramática (el espectro de la madre que asesina a sus dos hijos y llora su pérdida eternamente).

Otra cosa a favor era su pertenencia a un universo cinematográfico de terror muy atractivo y compacto, inaugurado con la extraordinaria Expediente Warren: The Conjuring (2013) y con James Wan (aquí productor), uno de los cineastas que más sabe de terror y mejor maneja sus códigos, como maestro de ceremonias.

La Llorona no es, para nada, una mala película de terror. Aun representada de forma muy sencilla –sin sacar demasiado partido al lamento eterno, el mal nacido del despecho o la maldición con una base dramática– la leyenda en la que se basa es espeluznante. Es eficaz por sí misma. Y Michael Chaves, que también dirigirá The Conjuring 3 (la saga que completan Expediente Warren: The Conjuring y Expediente Warren: El caso Enfield), es claro, conciso y enérgico en la ejecución.

En La Llorona hay más recursos que ideas, pero está bien planificada y puesta en escena, tiene cierta atmósfera y sus set pieces funcionan. Es curioso, además, cómo bebe del J-Horror (la secuencia de los niños en el hospital es puro Dark Water –2002– de Hideo Nakata), una influencia que parecía superada. Sin embargo, queda en el aire la promesa de algo más.

Sin ser redondas, otras entregas del universo (no está de mal aclarar que no todos los filmes tienen un link argumental claro con Expediente Warren: The Conjuring) se sienten más originales, más audaces, más chaladas. Pienso, por ejemplo, en Annabelle: Creation (2017) o en la reciente y extrañísima (por lo atípico de sus personajes, por su rara mezcla de referentes, por su idea del clímax) La monja (2018).

 La Llorona quizá esté mejor dirigida que estas otras, pero destila cierto hábito, tiende (con oficio, eso sí) al más de lo mismo y se contiene excesivamente en un desenlace que parecía abocado a un delicioso disparate. Viniendo de una franquicia como ésta, con un maestro en la materia como James Wan al frente, también se añora un diseño de sustos un poquito más ingenioso.